La reconstrucción del telescopio de Herschel.

    Del telescopio encargado en 1791 por el rey de España tan sólo se conserva hoy uno de los dos espejos con los que contaba, además de los planos alzados en su día para su montaje y traslado por el capitán de fragata José de Mendoza y Ríos, destacado a Londres para supervisar la construcción del ingenio, el más perfeccionado de los de su época. El ingenio medía 25 pies de longitud, unos 7,5 me-tros, por 3 pies de diámetro, 90 centímetros, aproximadamente. Su soporte alcanzaba más de doce metros de altura. Catalejo y bastidor fueron construidos entre 1796 y 1802 en Inglaterra por el músico y astrónomo sir William Herschel (Hannover, 1738- Slough, 1822). Aquella maravilla costó 6.000 guineas, unos 80.000 reales. En enero de 1802, despiezado en 52 cajones, el telescopio fue embarcado en Lon-dres a bordo del bergantín Juan, de bandera danesa. De Bilbao fue enviado en carro a Madrid, donde Carlos IV quiso ser el primero en realizar una observación estelar. La primera de ellas se efectuó el 18 de agosto de 1804. En 1808, con el general francés Senarmont instalado en el observatorio, el telescopio y su soporte fueron pasto de las llamas. Pero los planos de Mendoza habían sido escondidos en casa de un comerciante apellidado Brugueda. Su hallazgo fortuito, en 1931, ha permitido ahora la reconstrucción.

    En el 2002 se produjo la instalación de una réplica del gran telescopio, así como su enorme soporte, en el ámbito de un futuro Museo de Ciencias de la Tierra, sobre el mismo paraje que en su día ocupara al aire libre; en esta ocasión, fue albergado en un edificio transparente, de vidrio y soportes de granito serrano madrileño, proyectado por el arquitecto Antonio Fernández Alba. El nuevo telescopio incluye el tubo observador, metálico, en hierro batido y latón; su espejo, en bronce bruñido; más un soporte de madera de 12,50 metros de altura y otro tanto de diámetro en su base.

    Al igual que su réplica, el telescopio se apoyaba en un mecanismo dentado por el que podía ser libremente deslizado, asen-tado a su vez sobre una plataforma deca-gonal giratoria, que permitía la angulación y la circularidad necesarias para observar el espacio desde las posiciones elegidas. A la boca superior del telescopio se accedía mediante un balconcillo ascendente accionado por un sistema de poleas. Otro poleaje precisaba aún la inclinación del gran tubo. El astrónomo se situaba frente a la boca superior, de espaldas al exterior, y el impacto luminoso del espejo del fondo se proyectaba en una lente ocular, cerca-na al observador, que segregaba ese haz y permitía medirlo.