Monumento a las víctimas del 11-M

 

Una seña de identidad de la ciudad que permanecerá por años, décadas y siglos

 

El 11 de marzo de 2007 tuvo lugar la inauguración del monumento del 11-M, un vacío creado en recuerdo de las 192 víctimas del brutal atentado que sacudió Madrid el 11 de marzo de 2004.

 

Una habitación azul a la que se entra atravesando una mampara de cristal. El límite con otro mundo, justo donde antes estaba la sucursal de un banco, a la izquierda de los tornos del metro de Atocha. Ni llamativa ni espectacular desde fuera, pero suficientemente sugerente como para dejar que se intuya que ahí detrás hay algo, algo que invita a entrar.

 

Cruzar ese límite implica estar dispuesto a experimentar algo. Porque tras esa mampara hay un pasillo sinuoso, azul cobalto. Y, al fondo del pasillo: la habitación azul, encapsulada y presurizada. Y allí, la luz: un enorme foco de luz que se proyecta sobre el suelo y que, como si fuera un imán, atrae a cualquiera que se acerque.

 

Sólo cuando uno se pone debajo de ese foco de luz y mira hacia arriba lo entiende todo. Entonces se siente atrapado por el haz de luz, envuelto en una membrana de centenares de mensajes que rondan su cabeza. Los mismos que dejaron escritos los madrileños aquel fatídico 11 de marzo de 2004 y los días posteriores, en el mayor gesto de espontaneidad y de compasión que se recuerda en la ciudad

 

En superficie, una especie de cúpula de vidrio cilíndrica, un envoltorio original que ha supuesto un desafío a la arquitectura en España. Porque por primera vez se ha edificado con piezas de vidrio macizo, como si fuesen ladrillos de cristal de un espesor de 15 centímetros y de ocho kilos cada uno.

 

Sus autores: Esaú Acosta, Raquel Buj, Miguel Jaenicke, Mauro Gil-Fornier y Pedro Colón de Carvajal, cinco estudiantes de Arquitectura que ya han hecho historia y a los que, sin embargo, sólo se conoce por su estudio FAM (Fascinante Aroma de Manzana). Han conseguido que este monumento no deje a nadie indiferente.