Memoria de Madrid
Fotografías de Alfonso
Selección y textos de Publio López Mondéjar. Ministerio de Cultura. Madrid, 1984.
Esta Memoria de Madrid captada por la cámara de ALFONSO nos trae las páginas más importantes de nuestra historia cercana y la recuperación para el gran público de uno de nuestros mejores fotógrafos y desde luego el más madrileño de todos ellos.
No se trata aquí del recuento frío de los hechos sino de la narración gráfica unas veces cotidiana y otras singular y estremecedora de lo que sucedió.
A lo que asistimos de la mano de ALFONSO es a las escenas claves de la Monarquía, la Dictadura, la República y la Guerra. Fotos algunas solemnes y otras desgarradoras. Pero no sólo eso. ALFONSO nos pasea por la calle. Es el Madrid de La Busca y Misericordia. Es el Madrid de la tertulia de Pombo, de la generación del 98 y del 27. El Madrid de las modistillas y de la crónica de sucesos. El Madrid de los barquilleros y los músicos callejeros.
Ante cada personaje se ha detenido ALFONSO con una mirada intuitiva, profundamente humana y asombrosamente moderna como sólo los artistas son capaces de hacer.
Desde que el primer ALFONSO iniciase su trabajo en los estudios de Amador, hasta el llamado Día de la victoria -años que enmarcan esta memoria-, Madrid duplicó sus habitantes y trocó su aspecto de amable poblachón en urbe cosmopolita; fue escenario de dos magnicidios y de crímenes legendarios, como el del capitán Sánchez; sus casas se convirtieron en Titanic y rascacielos; apareció el "metro", para evitar a los ciudadanos el infierno de unas calles en las que los automóviles se mezclaban aún con las boñigas; la prensa y la fotografía experimentaron transformaciones revolucionarias; se ampliaron los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos, en los que Juan de la Cierva ensayaba su autogiro, y la ciudad asistió en primera fila a todos los acontecimientos más importantes que conformaron la historia de la Nación.
De todos estos hechos han sido fieles testigos las cámaras de ALFONSO, uno y trino. Madrileños militantes, vivos, satíricos y amables, los ALFONSO siempre han sido vivos ejemplos de ese madrileñismo de catón que tanto admirase a su amigo Azorín. Diablos cojuelos con cámara incorporada, han sabido escudriñar como nadie en la vida cotidiana del conglomerado social de la gran urbe: desde la comunión de la niña de Vallecas, hasta la boda en Palacio, pasando por la muerte anónima en las morgues desoladas, el crimen tremebundo, la hora del cocido en plena calle, el suceso histórico o la venta de miel en las plazuelas. El estudio de Fuencarral fue siempre rebotica de políticos, periodistas, toreros y gentes de la farándula; allí se conspiró, cantó Gallito y Benavente hizo de Tenorio; sentó tertulia don Alejandro Lerroux y el maestro Luna presentó El Asombro de Damasco; Granero dio un concierto de violín, declamó la Xirgu y velaron sus armas duelistas famosos como Luis de Oteyza, Blasco Ibáñez, El Duende de la Colegiata o el inefable Caballero Audaz.
Si Mesonero Romanos, Fígaro, Baroja, Galdós, Gómez de la Serna, Fernández de los Ríos, Pedro de Répide o Sáinz de Robles pasan por ser los grandes cronistas literarios de Madrid, los ALFONSO han sido sus mejores cronistas gráficos. Nadie como ellos ha sabido recoger, en el cristal de sus cámaras, la memoria de las calles, las gentes y los hábitos de la ciudad.