TRILOGÍA DE MADRID
Francisco Umbral.
Editorial Planeta. 1999.
Según apunta Javier Viñán, en el prólogo de la edición de Planeta, hay un Madrid de Quevedo, otro Madrid de Galdós; uno de Valle, otro de Ramón, otro de Larra. Y hay un Madrid de Francisco Umbral que es el resultado, por destilación, de todos los anteriores más la perspectiva umbraliana fundamentalmente dialéctica. En Trilogía de Madrid la escritura de Umbral no opera por síntesis ni por acumulación; actúa por ósmosis: una sutil red de dependencias. Es esto, quizá, lo que permite a Francisco Umbral decir que Madrid es una ciudad simultánea, concepto clave para entender esta Trilogía. El Madrid de Galdós es un Madrid menestral con pocos horizontes y grandezas. El de Ramón Gómez de la Serna es una greguería: Madrid es una forma de meterse las manos en los bolsillos. El de Quevedo, un poblachón, corte de conspiraciones y conjuras. El de Larra es una sucesión de muertos entre los que, acaso, no faltan los fantasmas airados de Torres de Villarroel y de Quevedo. El de Valle se define por el hallazgo deslumbrante de una adjetivación triple en Luces de Bohemia, que no deja cabo suelto: "Madrid absurdo, brillante y hambriento", santa trinidad adjetivadora que halla su correlación en el Madrid umbraliano que dice adiós al cadáver de Ramón: "un Madrid hosco, frío y hueco". Este esquema expresivo es una figura estilística por la cual, la totalidad es definida calificándola en sus distintos niveles. "Absurdo, brillante, hambriento". Desde el esperpento, desde esa estética sistemáticamente deformada, lo que Valle veía de Madrid no podía ser sino absurdidad, que es el plano, digamos, metafísico e intemporal; y tanto más absurdo cuanto Madrid es lugar donde crecen las flores del triunfo: es el plano de la fama, de lo mundano. Y hambriento: el submundo de Madrid, los fracasados profundos, las carencias elementales: plano social, supervivencia. Todo convive reforzándose, negándose, explicándose. El Madrid de Valle-Inclán es el que más tiene que ver con el Madrid de Umbral.
En el entierro de Ramón Gómez de la Serna, ejemplo maldito de una gloria falseada, Madrid es "hosco, frío, hueco". A una celebridad, vaciada de sus mejores esencias por el sistema, Ramón, le correspondía un Madrid con su misma imagen, una realidad que lo falseó en vida y lo ignora, o malinterpreta, en la muerte; hosco, es decir, sin acabar de entender ni asimilar el genio literario de un hombre que, por otra parte, había dado todas las facilidades para la asimilación; frío, gélido de temperatura, y aún más gélido, o sea, indiferente de espíritu. Y hueco, o lo que es lo mismo, vacío; incapaz de sentir o de pensar porque su naturaleza intelectual es la nada. Tres niveles, que totalizan una realidad múltiple: el político, el ambiental, el intelectual. Los tres son uno y cada uno condiciona los demás. Es esto lo que define la simultaneidad de Trilogía de Madrid: la dialéctica de sus distintos planos. Y, como si esa fórmula trinitaria quisiera convertirla Umbral en un código estilístico, la desparrama a lo largo de todo el libro. El Madrid popular y periférico, el Madrid áspero de la miseria, se mueve por tres impulsos capitales, tres fiestas mayores: "los entierros, las corridas de toros y las verbenas"; la muerte en coyunda perpetua con la fiesta.
Francisco Umbral entra en Madrid por el Puente de los Franceses. Puente de los Franceses, señala Javier Viñán, es una referencia bélica, una moral de resistencia. Y una barrera que evoca heroísmos de milicianos y cantos machadianos, "Madrid, rompeolas de todas las Españas, hoy sonríes con plomos en las entrañas…".