Este texto debe mucho al Periodista y Cronista de la Villa de Madrid, Pedro Montoliú, y su libro "Enciclopedia de Madrid" (Planeta, 2002), cuya lectura recomendamos vivamente desde la Fundación para el Progreso de Madrid.

El mayor número de edificios con que cuenta la ciudad correspondiente a los siglos XI al XIX tiene un carácter religioso. Lo primero que hizo Alfonso VI tras reconquistar Madrid para la causa cristiana fue buscar la imagen de Nuestra Señora de la Almudena, bajo cuya advocación puso la mezquita principal que convirtió en iglesia.

La primera relación de las parroquias existentes en el año 1202 fue recogida en el Fuero de Madrid. La importancia de las parroquias era entonces enorme, ya que los límites y la población sobre los que éstas tenían jurisdicción eran utilizados para designar a los representantes municipales o fijar los impuestos que se habían de pagar. De aquella relación, la edificación más antigua que queda hoy en pie, al menos parcialmente, es la torre mudéjar de la iglesia de San Nicolás, seguida de la torre de la iglesia de San Pedro el Real. De los templos recogidos en el Fuero de Madrid, San Andrés y Santiago han llegado hasta nosotros gracias a que fueron reconstruidos.

Los conventos, por su parte, se multiplicaron entre los siglos XIII y XV. Así, por ejemplo, se fundaron los de San Jerónimo, fundado por Enrique IV junto al Manzanares, cerca del paseo de la Florida, y trasladado a su actual ubicación por los Reyes Católicos; San Francisco, levantado en terrenos donados por el concejo, y Santa Clara, que daría nombre a la calle. Ya con los Reyes Católicos se sumaron los conventos de Concepción Jerónima –fundado en 1502 en la calle Toledo y trasladado siete años después a la calle a la que dio nombre- y de la Concepción Francisca, fundado en 1512 en el solar de la calle Toledo, que dejó libre el anterior. La creación de ambos al igual que la del hospital de La Latina fue sufragada por Beatriz Galindo, camarera de la reina que pasaría a la historia de la villa con el sobrenombre de la Latina por dominar esta lengua. El traslado del monasterio de San Jerónimo a su actual emplazamiento supuso un cambio radical en el urbanismo de la villa ya que fue construido en el este de Madrid, alejado del casco urbano, al igual que ocurriría durante el reinado de Carlos I con el convento de Nuestra Señora de Atocha.

De los siglos XIII al XV también hay referencias de las primeras casas que levantaron las familias madrileñas. Las de Álvarez de Toledo, Juan de Vitoria y Lodeña, en torno a la parroquia de Santiago; la del conde de Chinchón, junto a San Nicolás; la de Bartolomé Velázquez de la Canal, en Señores de Luzón; la del duque de Alburquerque, en la calle Mayor, o de la de Herrera, en la plaza de Ramales. A ellas habría que añadir otras como las de Pedro Arcilla, en la plaza de San Miguel; la de Beltrán de la Cueva, en Alfonso VI; la de los Lasso de Castilla, en Mancebos; las que poseían los Vargas en San Andrés y la Paja, plaza en la que también vivió Ruy González del Clavijo; la de Puñoenrostro, en la plaza del Cordón, o la que algunas de ellas son recordadas hoy porque dieron nombre a la vía en la que se encontraban, como es el caso de Álvarez Gato, Santiesteban, Luzón, el duque de Nájera o los condes de Miranda y de Barajas. De todas estas construcciones tan sólo quedan en su mismo emplazamiento las de los Luján, en la plaza de la Villa, y las pertenecientes a Iván de Vargas.

En cuanto a la arquitectura oficial, el alcázar fue el único edificio de importancia que existió.

Situado exactamente donde luego sería edificado el palacio Real, el alcázar había sido erigido en el año 865 y reformado por los sucesivos reyes cristianos que lo ocuparon. Carlos V, por ejemplo, encargo a Alfonso de Covarrubias y Luis de Vega una reforma del edificio que supuso el cambio de patios y la ampliación de la edificación con objeto de lograr un conjunto más armónico.

Cuando en 1561 la Corte fue trasladada a Madrid, los cortesanos quedaron sorprendidos de que la población, salvo el alcázar, no tuviera otros edificios oficiales de importancia. Ello influyó en la creencia de que, antes o después, la Corte abandonaría Madrid. Los defensores de esta idea no variaron de opinión cuando el monarca le encargó la reforma del alcázar a Juan Bautista de Toledo, que se encontraba en Italia y que fue nombrado arquitecto del rey, reforma que continuaría Juan de Herrera. Felipe II ordenó en 1590 la creación de una Junta de Policía y Ornato Público, encargada de controlar los planes y memoria de cualquier construcción que se realizara en la villa y de aprobar las ordenanzas necesarias para conseguir este objetivo. Dos años más tarde Francisco de Mora fue designado primer arquitecto municipal. En esta línea de mejorar el urbanismo de la población, en 1586 el propio Juan de Herrera hizo los primeros planos que regularizar la que con el tiempo sería la plaza Mayor.

Dos años después terminaban las obras del puente de Segovia, realizadas con proyecto de Juan de Herrera, y en 1590 comenzó la construcción de la Casa de la Panadería, encargada a Diego de Sillero, que pudo ser terminada por Juan Gómez de Mora.

Cuando en 1606 Felipe II ordenó que la Corte volviera a Madrid, los nobles, conscientes de que no podían seguir hospedándose provisionalmente, comenzaron a construir edificios para destinarlos a residencia. Para ello eligieron el eje de Mayor hasta la Almudena, las Cavas y las calle Sacramento y Alcalá. Entre las primeras edificaciones destacables figuraron los palacios de los duques de Uceda y Abrantes y la Casa de las Siete Chimeneas.

La Iglesia tomó conciencia también del papel que iba a desempeñar Madrid. Durante la etapa de los Austrias, la población vio cómo se levantaba hasta un centenar de edificios religiosos, más de la mitad de ellos dedicados a conventos. De todas estas construcciones han llegado hasta nosotros el Colegio Imperial, hoy Instituto de San Isidro, y los conventos de Nuestra Señora de Atocha, Descalzas, Mercedarias de don Juan de Alarcón, Santa Isabel, la Encarnación, Calatravas, Trinitarias Descalzas, Góngoras, Comendadoras de Santiago, Santa Teresa y San Plácido, todos ellos con sus correspondientes templos. También se han mantenido las iglesias de San Francisco Javier (luego colegiata de San Isidro), Calatravas, San Ildefonso, San Antonio de los Portugueses, Carmen, San Andrés, San Lorenzo, Santa Isabel, San Sebastián, San José y Corpus Christi, así como las capillas del Cristo de los Dolores y San Isidro.

Durante el siglo XVII se produjo el cenit del barroco, que llegó en 1617 de la mano de Juan Bautista Crescenci, a quien se nombró superintendente real, si bien durante la primera mitad de siglo los defensores del nuevo estilo vieron éste contrarrestado por la postura clasicista de Francisco de Mora –maestro mayor del rey y autor de la capilla de Atocha y del palacio de Uceda- y de su sobrino Juan Gómez de Mora, autor de la plaza Mayor, la Casa de la Villa y la Cárcer de Corte, hoy calificadas como exponentes del Madrid de los Austrias. Precisamente de esta época fue la construcción de la Casa de la Carnicería, edificada entre 1617 y 1619 en la plaza Mayor.

El avance del barroco fue imparable y se vio beneficiado por el convencimiento de que, tras el paréntesis vallisoletano, la instalación de la Corte en Madrid iba a ser definitiva. A la construcción de palacios se sumó la de diversos inmuebles oficiales que albergaban los servicios administrativos de la Corte. Así, además de la Cárcel de Corte –hoy Ministerio de Asuntos Exteriores-, en la plaza de la Provincia, construida en 1629, se levantaron edificios tan importantes como la Casa de la Villa, cuya construcción, entre 1644 y 1695, permitió al concejo de Madrid contar por primera vez en 250 años de existencia con una sede propia. Para 1640, buena parte de las fachadas de los principales edificios ya eran barrocas, lo que supuso un cambio de la imagen urbana y la integración de las nuevas construcciones en un escenario, como si fueran piezas de un decorado teatral.

Con Felipe V, Madrid se llenó de arquitectos llegados de la corte francesa, a los que sustituirían los venidos de Italia tras el matrimonio del rey con Isabel de Farnesio. Entre otros, trabajaron en Madrid Carlier, Marquet, Juvara, Sachetti, Sabatini, Olivieri y Bonavia. Ello no impidió que destacaran varios arquitectos españoles como Teodoro Ardemans –autor de las Ordenanzas relativas a la edificación de Madrid-, José del Olmo, Melchor de Bueras, Tomás Román, José de Churriguera y, sobre todo, Pedro de Ribera. Su intervención fue muy importante en una etapa en la que se produjo un auge de construcciones oficiales. La más destacable fue, sin duda, el Palacio Real, construido en el mismo lugar en el que había estado el viejo alcázar, destruido por un incendio el día de Nochebuena de 1734. Felipe V encargó la construcción a Juan Bautista Sachetti, después de descartar por su alto coste el que había proyectado Filippo Juvara, que era cuatro veces más grande. Las obras duraron de 1738 a 1764.

Durante los reinados de Felipe V y Fernando VI se acometió la construcción de dos importantes edificios, el cuartel de Conde Duque y el Hospicio, ambos ejecutados por Pedro de Ribera, que fue el principal representante del barroco madrileño. Considerado en su tiempo como el edificio más grande de la población, el cuartel de Conde Duque fue levantado entre 1717 y 1754. Ribera intervino también en la construcción del Hospicio, el puente de Toledo y el Monte de Piedad, sin olvidar la impronta que dejó en varios edificios religiosos como la ermita de la Virgen del Puerto o las iglesias de San Cayetano o Montserrat.

La arquitectura religiosa, por su parte, descendió a partir del año 1700 en cuanto a número de edificaciones, si bien éstas fueron más artísticas. Entre las realizadas durante el reinado de Felipe V habría que destacar, además de la citada ermita de la Virgen del Puerto, las iglesias de los Santos Justo y Pastor –hoy basílica de San Miguel-, del Cristo de El Pardo, de San José y de San Antón.

Coincidiendo con el declive del barroco, se levantaron algunas de las más importantes edificaciones religiosas del siglo XVIII como, por ejemplo, el convento de las Salesas Reales y las iglesias de San Marcos y San Cayetano. Con respecto a la edificación oficial realizada en este período habría que destacar la Puerta de Hierro, el teatro del Príncipe, donde hoy se levanta el Español, y la Puerta de Atocha.

Carlos III cambió radicalmente la ciudad gracias a la colaboración prestada por arquitectos como Ventura Rodríguez, Juan de Villanueva y Francisco Sabatini. La relación de los edificios construidos durante este reinado va desde la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado o el edificio de la Aduana (hoy Ministerio de Hacienda) hasta el Hospital General (hoy Centro de Arte Reina Sofía), el palacio de Liria, la Casa de Correos, el Jardín Botánico, la puerta de San Vicente, el Nuevo Rezado (hoy Academia de la Historia), la iglesia de San Francisco el Grande y el convento de las Comendadores. Se calcula que durante su estancia en Madrid, Carlos III promovió o alentó la construcción de más de 500 edificios.

Con Carlos IV, los nobles, influenciados por el gusto francés, levantaron auténticos palacios en los bordes de la ciudad a los que dotaron de cuidados jardines. Entre ellos habría que citar el palacio de Villahermosa, obra de Silvestre Pérez terminado por Antonio López Aguado, hoy sede del Museo Thyssen; el de Buenavista, obra de Juan Pedro Arnal, convertido hoy en Cuartel General del Ejército de Tierra, y el de Liria, obra de Ventura Rodríguez. Otros edificios construidos en esta época fueron el palacio de la Alameda de Osuna, enclavado en el parque del Capricho, de carácter no urbano por su distancia a la población; el de la marquesa de Sonora, hoy Ministerio de Justicia; la Fábrica de Tabacos, en la calle Embajadores; la Casa del Vidrio, hoy Academia de Jurisprudencia y Legislación; la Casa de los Cinco Gremios, en la plaza de Jacinto Benavente, así como los edificios religiosos de la ermita de San Antonio de la Florida, donde Goya pintaría sus frescos, el convento de las Salesas Nuevas, el Oratorio del Caballero de Gracia y la Casa de Postas, hoy edificio anexo a la Presidencia de la Comunidad.

Curiosamente, la construcción de estas edificaciones se produjo en un momento de fuerte caída del número de licencias, a causa de la cerca levantada en tiempos de Felipe IV que estaba provocando un aumento de densidad. Ante la falta de espacio, muchas casas crecieron en altura, en tanto surgían nuevas tipologías como las casas de corredor o corrales. Si bien existen referencias a este tipo de construcciones ya en el siglo XV, las corralas, de una o dos plantas con un patio central, comenzaron a construirse en Madrid a finales del siglo XVII y principios del XVIII, especialmente en los barrios de Lavapiés y Embajadores.

En el siglo XIX, con la reforma urbanística que acometió José I, hermano de Napoleón, durante los casi cinco años que fue rey de España, fueron abiertas las plazas de Santa Ana, los Mostenses, Oriente, las Cortes, San Martín y Ramales, y se ampliaron calle como Toledo, San Millán y Maldonadas. El número de edificios singulares levantados en esta época fue prácticamente nulo, y sólo destaca la terminación de la iglesia de Santiago. El único arquitecto de importancia en este período que siguió trabajando fue Juan de Villanueva, quien, a pesar de negarse a jurar al rey, fue nombrado arquitecto mayor inspector de las Obras Reales.

Fernando VII iba a alterar poco la situación arquitectónica de la población. A causa de las dificultades económicas que sufría España tras el enfrentamiento bélico con los franceses, el monarca no pudo llevar a cabo muchos de los proyectos que intentó poner en marcha. Durante este reinado destacaron sobre todo Isidro Velázquez y Antonio López Aguado. López Aguado proyectó la Puerta de Toledo, levantó para el Ayuntamiento el Casino de la Reina y trabajó en la adaptación del palacio de Buenavista para albergar un Museo Fernandino, antecedente de lo que luego sería el Museo del Prado, donde el rey quería guardar las colecciones reales; también proyectó distintos edificios para el parque del Capricho en la Alameda de Osuna, entre ellos su Salón de Baile. Otra de sus grandes obras fue el teatro Real, si bien la larga duración de las obras y las distintas direcciones que tuvo después cambiarían radicalmente el proyecto original.

La supresión de órdenes religiosas en 1835 y las leyes desamortizadoras de Mendizábal originaron un terremoto urbanístico, que puso las bases para que, durante el reinado de Isabel II, se emprendiera no sólo la regularización del casco ya existente –lo que supuso reformas urbanísticas como la de la Puerta del Sol o la alineación de diversas calles del centro- sino también el ensanche de la ciudad con el proyecto del ingeniero Carlos María de Castro, lo que obligó a derribar en 1854 la cerca que había impedido el crecimiento de la ciudad a lo largo de 229 años. A ello se sumó la construcción de algunos de los mejores edificios con los que cuenta la ciudad, proceso que se vio favorecido por la creación en 1844 de la Escuela de Arquitectura de Madrid. Durante los 25 años de reinado isabelino se construyeron grandes edificios como el Congreso de los Diputados, de Narciso Pascual y Colomer; el palacio de Bibliotecas y Museos, hoy Biblioteca Nacional y Museo Arqueológico, obra de Francisco Jareño; el teatro Real, de López Aguado, Custodio Teodoro y Francisco Cabezudo, y el palacio del marqués de Salamanca, obra de Pascual y Colomer. También se edificaron el palacio del marqués de Salamanca, el palacio de Gaviria, el teatro de la Zarzuela, el edificio del Tribunal de cuentas y la iglesia del Buen Suceso, en la calle Princesa; el hospital de la Princesa, en la calle San Bernardo y los locales del Circo de Madrid –luego teatro Príncipe Alfonso-. Asimismo, se trasladó la Universidad Complutense de Alcalá de Henares a la calle San Bernardo y fueron abiertos los primeros pasajes comerciales.

También tuvo importancia para la arquitectura y el urbanismo madrileños el llamado sexenio revolucionario, que comenzó en 1868 con una nueva ola de derribos de iglesias. No sólo hubo derribos; también se construyeron los mercados de la Cebada y los Mostenses.

El último tercio del siglo XIX fue el del boom de la arquitectura. Durante este tiempo se levantaron desde construcciones que tenían en el hierro su seña de identidad hasta edificios representativos de determinados estilos históricos, englobados bajo la denominación de eclecticismo, pasando por edificaciones neomudéjares –estilo basado en la utilización del ladrillo, muy propio de Madrid-.

Muchos de los edificios construidos en esa época por el sistema tradicional han llegado hasta nuestros días. No ha ocurrido lo mismo con buena parte de los que se levantaron mediante la utilización del hierro.

Afortunadamente, quedan en pie las estaciones de Atocha y Norte, los palacios de Velázquez y Cristal, y los teatros de la Comedia y Princesa, así como distintos elementos singulares como la caja central del Banco de España, la Biblioteca del Senado, los patios del Museo Arqueológico y el depósito de libros de la Biblioteca Nacional.

Edificios en los que los arquitectos tomaron elementos de diversos estilos históricos para su posterior desarrollo, fueron el Banco de España, el Ministerio de Fomento, la Bolsa, el Panteón de Hombres Ilustres de Atocha y la Real Academia de la Lengua. En cuanto a los edificios neomudéjares habría que citar las Escuelas Aguirre, las iglesias de la Paloma, Santa Cruz y San Fermín de los Navarros, y palacios como el del conde de Valencia de Don Juan. También destacaron diversos edificios neogóticos como el Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, en Claudio Coello.

A estas construcciones se sumaron además edificios de empresas como los de la Compañía Asturiana de Minas. La Equitativa –luego Banco Español de Crédito-, ABC y Cervezas Mahou; edificios educativos y culturales como el Ateneo Científico y Literario, la Escuela de Ingenieros de Minas, el Colegio de Nuestra Señora de Loreto, los museos Cerralbo, Etnológico y de Ciencias Naturales, así como los teatros Lara, Eslava, María Guerrero y Comedia; equipamientos como la estación de Delicias y el hospital de Niño Jesús; palacios como los de Fuente Nueva Arenzana –hoy embajada de Francia- y del marqués de Linares, e iglesias como las de Santa Cruz, San Andrés de los Flamencos y San Fermín de los Navarros.

El crecimiento de la ciudad hizo que, diseminadas por los nuevos barrios, se levantaran nuevas corralas, de mayor altura y patios más reducidos pero con la misma exigua superficie de las viviendas –de 20 a 40 metros cuadrados- con retretes comunes y sin agua corriente. Aunque llegaron a construirse corralas hasta en el barrio Salamanca, la mayor concentración se siguió produciendo, no obstante, en Chamberí, Malasaña, Hortaleza y sobre todo en Lavapiés, Arganzuela y Embajadores, donde hoy pueden encontrase más de 300.

En la última década del siglo XIX surgió el modernismo. Entre los edificios que, total o parcialmente podrían incluirse en la nómina de modernistas habría que citar el palacio de Longoria, obra de José Grases Riera; el Casino de Madrid, obra de los hermanos Fargé, cuyos planos firmó Luis Esteve si bien las obras las dirigió José López Sallaberry; la casa Pérez Villaamil, en la plaza de Matute, obra de Eduardo Reynals; la fachada del salón Doré, obra de Críspulo Moro; el cine teatro Pavón, de Teodoro Anasagasti; el depósito del Canal de Isabel II, de la calle Santa Engracia, obra de Luis Moya; la fachada del edificio Ruiz de Velasco, en la calle Mayor, que realizó José López Salaberry, y el edificio de la Compañía Colonial, también en la calle Mayor, obra de Miguel y Pedro Mathet.

Estos autores hicieron paralelamente otros proyectos en los que, por encima del modernismo, primó la influencia del eclecticismo francés, como los edificios de La Unión y el Fénix, los hoteles Ritz, Palace, Internacional y Reina Victoria; el teatro Calderón, entonces llamado Odeón, así como el palacete del marqués de Rafal –hoy embajada de Bélgica-.

La crisis de 1898 terminaría por imponer los estilos nacionalistas y regionalistas como el montañés o el sevillano, si bien, a diferencia de otras ciudades, estos movimientos se entremezclarían con otros estilos en el Madrid de comienzos del siglo XX. Como reacción a lo ocurrido en Cuba y Filipinas, algunos arquitectos intentaron incluso encontrar un estilo nacional, como se puso de manifiesto en edificios como el Ministerio de Marina, el Instituto Geológico y Minero de la calle Ríos Rosas, la fábrica Osram en el paseo de Santa María de la Cabeza y la maternidad de Santa Cristina.

El neomudéjar, por su parte, superaría con éxito el cambio de siglo con ejemplos como la iglesia de Santa Cristina, en el paso de Extremadura; el Instituto Católico de Artes e Industria (ICAI), en Alberto Aguilera; la fábrica de Cervezas El Águila, actual sede del Archivo Regional, y la plaza de toros Monumental de Las Ventas.

En el primer tercio del siglo XX, Madrid experimentó un gran auge constructivo. Y ello se produjo no sólo en número sino también en calidad arquitectónica, pues a los citados se sumaron edificios tan significativos como el Palacio de Correos y Comunicaciones, el Círculo de Bellas Artes, el Banco Español del Río de la Planta –hoy adquirido por el Ayuntamiento-, el colegio del Pilar o la iglesia de San Manuel y San Benito, en la calle Alcalá. Lo mismo que habría que incluir todas las edificaciones de la Gran Vía, abierta en 1910, como el edificio de Telefónica, el edificio Madrid-París; los hoteles Avenida, Atlántico y Gran Vía; los palacios de la Prensa y de la Música; los cines Callao y Avenida. La lista de edificios levantados en esta etapa incluiría también teatros como el Infanta Isabel, Alcázar, Latina o Monumental; edificios religiosos como las iglesias de la Buena Dicha, Purísima Concepción y el Seminario Conciliar, y palacios como los de la marquesa de Manzanedo –hoy Museo de Artes Decorativas-, marques de Amboage –hoy embajada de Italia-, duques de Plasencia –hoy embajada de Turquía- o marqueses de Borghetto –hoy Delegación del Gobierno-.

En esta época destacó, sin duda, Antonio Palacios, autor del palacio de Correos y Comunicaciones; el hospital de Maudes, hoy sede de la Consejería de Obras y Transportes; el Banco del Río de la Plata, luego Banco Central: el edificio Palazuelo, en la calle Alcalá con vuelta a Alfonso XI; el edificio Bugallal, en Neptuno; un edificio comercial, en la calle Mayor; la casa Matesanz en la Gran Vía, y las estaciones de metro de la Puerta del Sol y de la Red de San Luis. En su búsqueda de una arquitectura personal, Palacios mezcló estilos –modernismo, eclecticismo, romántico, neoplateresco y neobarroco-, utilizó las innovaciones constructivas de su época junto a los elementos de siempre -acero inoxidable y hierro junto a piedra y cerámica- y dotó a sus edificios de una monumentalidad no reñida con la funcionalidad. Otros dos arquitectos destacables fueron Antonio Flórez y Teodoro Anasagasti. El primero fue el principal representante de la arquitectura basada en el ladrillo, material que utilizó en varios pabellones de la Residencia de Estudiantes, en los edificios del Instituto Escuela –hoy instituto Ramiro de Maeztu- y en distintas escuelas como Cervantes (Santa Engracia), Concepción Arenal (Antonio López), Zumalacárregui (Bravo Murillo) y Menéndez Pelayo (Méndez Álvaro).

Teodoro Anasagasti, por su parte, basó su arquitectura en el uso del hormigón, material con el que levantó los teatros Monumental y Pavón. 

También sobresalió Secundino Zuazo, autor del proyecto de prolongación de la Castellana, responsable de la primera fase de construcción de los Nuevos Ministerios y autor de los planos de la Colonia de San Cristóbal, construida para los empleados de la EMT cerca de la plaza de Castilla.

En esta época tuvo una importancia fundamental la construcción de la Ciudad Universitaria, que, a partir de 1927, permitió a numerosos arquitectos plasmar muchas de sus ideas. Bajo la dirección de otro de los grandes arquitectos del momento, Modesto López Otero –autor de la Casa de Ejercicios Espirituales de la plaza Duque de Pastrana, el hotel Nacional de la calle Atocha, el hotel Gran Vía, el edificio de La Unión y el Fénix de la calle Alcalá, la iglesia de Santo Tomás de Aquino y el Arco del Triunfo-, trabajaron Pascual Bravo, Luis Lacasa, Agustín Aguirre, Manuel Sánchez Arcas, Luis Blanco-Soler y el ingeniero Eduardo Torroja, que levantaron colegios, facultades e instalaciones con estilos que iban desde el eclecticimos hasta el racionalismo. Fueron también los años en que se desarrolló el Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC), del que fue fundador Fernando García Mercadal. Este grupo, a partir de 1930 y basándose en un estilo racionalista, propuso una serie de construcciones y de obras públicas que iban desde la creación de baños populares en las playas del Jarama a la construcción de viviendas sociales. La guerra civil supuso la desaparición de muchos edificios y el exilio de algunos de los defendían una arquitectura moderna.

Acabada la guerra, la arquitectura abandonó el estilo racionalista, que se identificaba con la Segunda República, y volvió a posiciones más conservadoras, ya que adoptó un estilo historicista con tintes nacionalistas e imperialistas, incluso herrerianos. Se construyeron así obras como el Ministerio del Aire, inspirada en el monasterio de El Escorial; el Instituto de Cultura Hispánica y el Museo de América; el Monumento a los Caídos, en la Moncloa; el Arco del Triunfo; los colegios mayores de Nuestra Señora de Guadalupe y de José Antonio, y la Escuela Superior de Ingenieros de Montes.

La posguerra tuvo como máximos representantes a Pedro Muguruza, Luis Gutiérrez Soto y Luis Moya. El primero, que había sido autor de la nueva terminal de la estación del Norte del palacio de la Prensa, recibió el encargo de levantar el Valle de los Caídos –continuado por Diego Méndez- así como de restaurar edificios como el monasterio de Santa María de El Paular, el teatro Real y el Museo del Prado. Luis Gutiérrez Soto, que había proyectado los cines Barceló, Callao y Narváez y el hotel Rex, fue el encargado de realizar los planos del Ministerio del Aire, si bien posteriormente diseñaría edificios con un concepto más moderno, como la sede del Alto Estado Mayor, en el paseo de la Castellana, y la torre del Retiro, Luis Moya Blanco, defensor del clasicismo, se encargó, por su parte, de los planos del Museo de América, que realizó en colaboración con Luis Martínez Feduchi. Otras obras suyas fueron la iglesia de San Agustín, de la calle Joaquín Costa; el Colegio de Santa María del Pilar, en el barrio del Niño Jesús; el pabellón del Colegio del Pilar en la calle Castelló, y el colegio mayor Chaminade, en la Ciudad Universitaria.

El estadio de Chamartín se levantó en 1944, y supuso una ruptura por la utilización del hormigón y la terminación curva de sus esquinas. Era un ejemplo del movimiento de reacción de los nuevos arquitectos contra tanto historicismo. Por entonces comenzaban su actividad profesional Francisco de Asís Cabrera y Miguel Fisac, autor del Centro de Investigaciones Biológicas y de la iglesia del Teologado de San Pedro Mártir, llamada comúnmente de los Dominicos de Alcobendas.

La llegada de miles de personas a la ciudad se convirtió en un problema. El Gobierno encargó la construcción de viviendas a la Obra Sindical del Hogar y al Instituto Nacional de la Vivienda. En 1954 Julián Laguna fue nombrado director de la Comisaría de Ordenación Urbana de Madrid y sus alrededores y, a raíz de este nombramiento, varios arquitectos pertenecientes a las últimas promociones recibieron el encargo de acometer el diseño de distintos poblados dirigidos. Entre quienes trabajaron en esta labor estuvieron, entre otros, Francisco Javier Sáenz de Oiza, José Luis Íñiguez de Onzoño, Antonio Vázquez de Castro, Javier Carvajal, José Antonio Corrales, José María García de Paredes y Ramón Vázquez Molezún.

Entonces comenzó a desarrollarse en Madrid una arquitectura influenciada por la norteamericana con ejemplos como el edificio España y la torre de Madrid, obras de Julián Otamendi. El funcionalismo, relacionado por muchos con el racionalismo, cuyo desarrollo había sido abortado por la guerra civil, empezó a manifestarse en edificios como la Fundación Juan March, el Museo Español de Arte Contemporáneo, el Centro Princesa, el hospital de La Paz, la estación de Chamartín y la terminal internacional de aeropuerto de Barajas. En algunos casos, los arquitectos utilizaron novedosas técnicas constructivas como hizo Antonio Lamela en la Torres de Colón –construidas mediante un sistema de suspensión que permitía iniciar la edificación desde arriba- o Rafael de la Hoz, quien, en el edificio Castelar, utilizó una técnica mixta entre la convencional y la suspendida.

La imagen de la ciudad cambió con la construcción, a partir de 1954, del Centro Azca. Antonio Perpiñá desarrolló el plan parcial, y arquitectos de la talla de Sáenz de Oiza, Ricardo Magdalena, Genaro Alas, Luis y Rafael Alemany, Pedro Casariego, Manuel Aymerich, Juan Antonio Ridruejo, Félix y José Luis Íñiguez de Onzoño, Emilio María de la Torriente y Minoru Yamasaki proyectaron el llamado pequeño Manhattan madrileño con edificios como los del BBVA, Windsor, Cristalería Española, Banco de Santander, Torre Europa y Torre Picasso.

El siglo XX fue pródigo en edificios de gran calidad arquitectónica. De los estudios madrileños salieron el Pabellón de los Hexágonos y el edificio Bankunión, de Corrales y Molezún; el edificio de Torres Blancas, de Francisco Javier Sáenz de Oiza; el gimnasio del Colegio Maravillas, de Alejandro de la Sota; el pabellón de Cristal de la Casa de Campo, de Francisco Cabrero; el colegio mayor Santo Tomás de Aquino, de García de Paredes y Rafael de la Hoz; la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de Carvajal y García de Paredes; la Universidad Pontificia de Comillas, en Cantoblanco, y la Torre de Valencia, de Carvajal; el polideportivo Antonio Magariños, de Íñiguez de Onzoño y Vázquez de Castro, y el Centro de Restauraciones Artísticas, de Higueras y Miró.

Desde 1979, los primeros ayuntamientos democráticos se convirtieron en los principales promotores de edificios, lo que supuso el encargo de numerosos proyectos, tales como el Planetario y el Faro de la Moncloa, de Salvador Pérez Arroyo; el edificio de viviendas El ruedo de la M-30, obra de Sáenz de Oiza; el centro de Servicios Sociales y la Biblioteca de Puerta de Toledo, obras de Navarro Baldeweg; el Palacio Municipal de Congresos, obra de Ricardo Bofill. A ellos se fueron sumando iniciativas tanto de empresas públicas como de ministerios y organismos oficiales. Así fueron construidos unos nuevos recintos feriales para IFEMA, con proyecto de Sáenz de Oiza, Jerónimo Junquera y Estanislao Pérez Pita; se levantaron los hospitales Ramón y Cajal y Doce de Octubre y la torre de televisión Torrespaña; fueron ampliados el Senado y el Congreso de los Diputados; se adaptaron el Hospital General a Centro de Arte Reina Sofía y el palacio de Villahermosa a Museo Thyssen; se reformó el Teatro Real para volverlo a convertir en centro operístico, y se construyó una nueva estación en Atocha para los trenes de alta velocidad. A estas edificaciones se sumarían posteriormente desde el edificio Bankinter, en la Castellana, obra de Ramón Bescós y Rafael Moneo, hasta las torres inclinadas de Puerta de Europa, en plaza de Castilla, proyectadas por Philip Johnson y John Burgee.

En estos momentos, y con origen en el proyecto olímpico Madrid 2012, actualmente Madrid 2016, (la candidatura de Madrid como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos a celebrar en esa fecha), o coincidiendo con la dinámica abierta por esta iniciativa, se están diseñando y en parte desarrollándose en la ciudad, una veintena de proyectos arquitectónicos singulares firmados por la élite mundial de la profesión: Toyo Ito, Álvaro Siza, Hernández de León, Rogers, Navarro Baldeweg, Antonio Lamela, Ricardo Bofill, Rafael Moneo, Jean Nouvell, Dominique Perrault, Jacques Herzog, Pierre de Meuron, Rafael de La-Hoz, Juan Herreros, Cano Lasso...

 

Los mejores arquitectos del mundo

Efectivamente, con el nuevo siglo, arquitectos de primera línea han instalado su base operativa en Madrid.

El británico David Chipperfield, ha diseñado un edificio de viviendas en la calle Berrocal, distrito de Villaverde.

La manzana perforada de los holandeses MVRDV y la española Blanca Lleó acoge un bloque de viviendas en el barrio de Sanchinarro. Radical en sus propuestas, Jacob van Rijs ha elevado el edificio para hacerlo emerger de la zona y lo ha dotado con un parque mirador con vistas a la sierra de Guadarrama.

La vanguardia arquitectónica en la construcción de viviendas también ha llegado al distrito de Usera de la mano de Wiel Arets. Centenar y medio de familias han instalado en tres bloques asimétricos en Pradolongo, al sur de la M-30, con parte de su estructura suspendida en el aire.

Los diseñadores de la Ópera de Sydney, el Centro Pompidou de París y el City Holl de Londres, integrados en la consultora Ove Arup, son los penúltimos en incorporarse a esta dinámica. Contratados por la empresa Municipal de la Vivienda, junto al arquitecto español Jaime Duró, han desarrollado un edificio de seis plantas en la PAU de Vallecas.

Más al norte en el paseo de la Castellana, las torres situadas en la antigua ciudad deportiva del Real Madrid cambiarán la zona. La torre Repsol de Norman Foster, con 250 metros de altura, se unirá a la lista de rascacielos de la ciudad. César Pelli; Pei, Cobb & Partners; y Rubio & Álvarez Sala, firman las otras tres. Un proyecto de impacto internacional.

Kevin Roche es el autor de la macro-ciudad financiera del BS en Boadilla del Monte, al noroeste de la periferia metropolitana: 140.000 metros cuadrados en nueve edificios de oficinas y otros 81.000 metros cuadrados en siete edificios de servicios, más 5.600 plazas de aparcamientos.

Rafael de La-Hoz ha ultimado estos momentos un súper-proyecto de parecidas dimensiones, destinado a cuartel general de Telefónica. La Ciudad de las Telecomunicaciones tiene 171.000 metros cuadrados de oficinas y 20.000 de zonas comerciales. En total, 14 edificios para 14.000 empleados.

La "Caja Mágica" es el nombre que recibe el Parque de Tenis del francés Dominique Perrault en el eje del Manzanares y que puede convertirse en referencia de vanguardia de la arquitectura madrileña. Acero, madera y vidrio se combinan en un único espacio cambiante cubierto por una fina "piel" que filtra la luz y lo protege.

En el corazón de Madrid, el portugués Álvaro Siza es el encargado de llevar a cabo el Plan de Ordenación del eje Recoletos Prado, con la colaboración de un equipo en el que destacan Hernández de León, Carlos de Riaño, José Rueda y Fernando Terán.

El francés Jean Nouvel ha firmado la ampliación del Reina Sofía, una reinvención del principal museo español de arte contemporáneo que marcará un hito en la arquitectura museística mundial.

Rafael Moneo es el director de las obras de ampliación del Museo del Prado, la joya de la corona del patrimonio cultural español.

El Museo Thyssen-Bornemisza no se ha quedado atrás en esta carrera por la ampliación de espacios de los museos de Madrid. El proyecto del estudio catalán BOPBAA, en colaboración con Manuel Baquero, ha duplicado su área de exposición.

La Caixa cuenta con los servicios de los creadores suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, que transformarán la antigua Central Eléctrica del Mediodía para convertirlos en Caixaforum-Madrid, el centro cultural y social de la entidad en la capital.

Navarro Baldeweg ha dirigido la construcción del Teatro del Canal, un gran espacio para las artes escénicas.

Richards Rogers y el español Estudio Lamela han desarrollado su espectacular proyecto de ampliación del Aeropuerto de Barajas, puntero en el mundo, la obra civil de mayor entidad en la primera década del siglo XXI en Europa.

Ricardo Bofill dirigió el proyecto de Parque del Manzanares, una iniciativa de carácter estratégico, para recuperar los márgenes del río que discurren desde el nudo sur de la M-30 hasta Getafe.

Toyo Ito ganó el concurso convocado para la realización de un gran parque en el Ensanche de Vallecas, con un proyecto denominado Water Tree (Árbol de Agua).

En 2007, la Fundación Arquitectura, del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM), y Turismo Ciudad de Madrid, organismo público dependiente del Ayuntamiento de Madrid, elaboraron el "Plano de Arquitectura" de la ciudad, "con el fin de mostrar la arquitectura más relevante".

Estos son los edificios incluidos en el documento cuyas obras finalizaron del año 2000 en adelante. Es decir, ésta es la arquitectura del siglo XXI de mayor calidad en Madrid según los propios arquitectos:

Biblioteca Pública María Moliner, de Mariano Bayón Álvarez, 1992-2000.

Biblioteca (Escuelas Pías de San Fernando y centro de la UNED), de J.I. Linazasoro, 1996-2001.

Terminal T-4, de Richard Rogers, Antonio Lamela y Carlos Lamela, 1996-2006.

Teatro Valle-Inclán, de Angela García de Paredes e Ignacio García Pedrosa, 1996-2005.

Centro de tratamiento de residuos Las Dehesas, de Iñaki Abalos, Juan Herreo y Ángel Jaramillo, 1996-2000.

Hospital Materno-Infantil, de Rafael Moneo y José María de la Mata, 1999-2002.

Distrito de la Comunicación Telefónica, de Rafael de La-Hoz, 2002-2007.

Biblioteca Pública José Hierro, de Juan Herreros y Ángel Jaramillo, 200-2003.

Sede central de ENDESA, de Rafael de La-Hoz, 2002-2003.

Edificio Mirador y Celosía, de MVRDV y Blanca Lleó, 2002-2007.

Teatro del Canal, de Navarro Baldeweg, 200-2007.

Caixaforum Madrid, de Jacques Herzog y Pierre de Meuron, 2003....

Edificio Panorama, de Jerónima Junquera y Liliana Obal, 2003; y Manuel Abad, 2003-2004.

Eco-Valle Boulevard, de Belinda Tato, José Luis Vallejo y Diego García-Setién, 2004.

Cuatro Torres Business Área, de Pei, Cobb, Freed & Patners; Norman Foster; Reid-Fenwick, Rubio & Álvarez Sala; Oetiz, León y Pelli. 2001-2008.